ALEGRAOS

No hay mejor manera de entender lo que es la fiesta del Sagrado Corazón de María que descubrir la acogida consciente que hacía de la presencia de Dios en lo cotidiano y en la realidad. Una de las carencias más grandes que vivimos en nuestra espiritualidad es la disociación entre la vida humana y la vida en el Espíritu. Como si Dios estuviera en un plano diferente al nuestro y su Encarnación no nos hubiera enseñado nada. Necesitamos mirar a María, ella que fue la discípula de Jesús, y aprender a guardar y a conservar todo lo que ocurre en nuestro corazón. Ella fue la que hizo de su propia vida, de su propio cuerpo, el espacio donde vivir la transformación de la mente, del corazón, de su vida entera.

María dejó espacio a Dios de una manera libre, en su corazón, en su mente, en todo su ser. María vivió la verdadera conversión hasta entrar glorificada en un estado de Magníficat, y nos enseña maternalmente ese proceso de transformación. Ella es la que hizo la voluntad del Padre todos los días de su vida. María nos lleva de la mano para ayudarnos a vivir la acogida incondicional de la vida de Dios en nuestra propia vida. Y la primera transformación en María es de su mente. Pasar de sus planes, sus proyectos, humanos, sencillos, pequeños, a la inmensidad de lo que Dios le propone, incluso la pérdida de su hijo. Impresiona la desproporción que hay entre las perspectivas sencillas de María, una vida familiar, un hogar, un esposo, y la amplitud de proyectos en la mirada de Dios. Todo son ofertas que desbordan el entendimiento de María.

La primera actitud que ella nos enseña es asombro. Dejémonos sorprender por el Dios que no tiene imposibles y podemos fiarnos de Él. María no los puso, y lo que parecía imposible se realizó. El ¡Hágase!, es el acto de fe más revolucionario de toda la historia de la humanidad. Porque supone confianza radical. No es respuesta asustada, no es impuesto, es respuesta de confianza. La misma actitud que en las bodas de Caná, saberse situar en la debilidad del otro y estar disponible con el mecanismo de la compasión. Ver, acercarse, sentir compasión, bajar de nuestra cabalgadura, curarle las heridas, y dejar encargo al posadero. Cuando María le dice a Jesús: «No les queda vino», ya ha hecho el proceso interior de hacer suyas las necesidades de los otros, y le encarga su hijo lo que ella ya no puede hacer. Es la alegría que no nace de las evidencias, ni porque todo en su entorno vaya bien, ni porque sienta o experimente privilegios por parte de Dios, sino porque se alegraba de que Dios estuviera con ella.